martes, 5 de noviembre de 2013

Condolencias. Marzo 1885, Nueva York.


         El anuncio en el periódico establece que Héctor Bowen, mas conocido como Prospero el Hechicero, artista y mago de gran renombre, murió de una falla cardiaca en su casa el quince de marzo. Y continua con su trabajo y legado por un tiempo. La edad mencionada es errónea, un detalle que pocos lectores perciben, un párrafo corto  al final del obituario menciona que le sobrevive una hija de diez y siete años de edad, la señorita Celia Bowen. Este numero es mas  certero, luego hay también un comunicado de que aunque los funerales serán privados las condolencias pueden ser envidas por medio de uno de los teatros locales.

         Las tarjetas y cartas son recolectadas, puestas en bolsas y llevadas por mensajería  a la residencia privada de los Bowen, una casa de campo que ya esta llena de arreglos florales propiamente sombríos, el aroma a lirios es sofocante y cuando Celia ya no puede tolerarlo convierte todas las flores en rosas.

         Celia deja  las condolencias apilados en la sala  hasta que empiezan a derramarse en el salón, ella no quiere lidiar con eso, pero no puede obligarse a si misma a tirarlas sin haberlas leído. Cuando ya no puede evitar más el asunto prepara una olla de té y empieza a abordar las montañas de papel. Abre cada carta  una  a una y las acomoda en pilas. Los sellos postales son de todo el mundo, hay largas y honestas cartas llenas de genuina desesperación, hay buenos deseos vacíos  y huecos cumplidos a los talentos de su padre. Muchas de ellas comentan que los remitentes no sabían que el gran Prospero tenia una hija., otros la recuerdan con cariño, describiendo una encantadora  y pequeña niña que Celia misma no recuerda haber sido, algunas incluyen  propuestas matrimoniales perturbadoramente escritas.


           Esas en particular son hechas bolas, poniendo la aplastada misiva  en su mano abierta una a una concentrándose hasta que todas son calcinadas, dejando solo las cenizas en la mano que sacude hasta hacerlas nada.

         - Ya estoy casada.- Remarca al aire vacío, girando el anillo en su mano derecha que cubre una vieja y nítida cicatriz.

           Entre las cartas y tarjetas  hay un simple sobre gris.


          Celia lo saca de la pila, lo abre con un abrecartas plateado , lista para tirarlo al montón con el resto. Pero este sobre , a diferencia de los otros,  esta apropiadamente dirigido a su padre , aunque la fecha del envío es posterior a su defunción, la tarjeta en su interior no es simpatía o de condolencias por su pérdida, no tiene saludo , sin firma, escrito a mano en el papel se lee:

                                                                         Tu turno.

          Celia voltea la tarjeta, pero el reverso esta en blanco, ni siquiera hay un huella del dueño  marcando el papel, tampoco hay una dirección del remitente en el sobre.

          Lee  las dos palabras en el papel gris varias veces. No puede decir si la sensación subiendo por su espalda  es de emoción o de temor.


           Abandonando las cartas restantes, Celia toma la tarjeta y abandona la habitación,  subiendo la sinuosa escalera que lleva al salón de arriba, saca un llavero de su bolsillo e impacientemente  abre las tres cerraduras separadas para poder acceder a la habitación que esta bañada con luz de sol vespertino.

           - ¿De que se trata esto?- Dice Celia sosteniendo frente a si la tarjeta al entrar.

           La figura vacilante junto a la ventana se da la vuelta, cuando la luz del sol le da de lleno es todo menos invisible, parte un hombro pareciera faltar, la punta de la cabeza se esfuma en un rayo de luz que ilumina el polvo, el resto de el es transparente, como un reflejo en vidrio.


           Lo que queda de Héctor Bowen  lee la nota y ríe encantado.
          

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