jueves, 31 de octubre de 2013
Verdad o reto, Septiembre 1897. Concord, Massachusetts.
Los cinco se sientan en el roble al sol vespertino. Caroline, su hermana, esta en la rama mas alta, porque siempre escala mas alto. Su mejor amigo, Milton, esta abajo, los hermanos Mackenzie, lanzan bellotas a las ardillas un poco mas abajo que ellos; pero no tan abajo como para que no sea considerado muy alto; él siempre esta en las ramas bajas, no por miedo a las alturas sino por el lugar que ocupa en el grupo, cuando le es permitido ser parte de el. Ser el hermano menor de Caroline es al mismo tiempo una bendición y una maldición, Bailey es invitado a veces a unírseles, pero siempre en el mismo lugar.
-¿Verdad o reto? - Grita Caroline desde las ramas altas, no recibe una respuesta así que lanza una bellota directo a la cabeza de su hermano.- ¿Verdad o reto , Bailey? - repite.
Bailey frota su cabeza con su sombrero, quizá la bellota lo hace escoger lo que escoge. - Verdad - es la resignada respuesta , una rendición a la abusiva versión del juego de lanzar bellotas, "reto" es ligeramente mas desafiante, aún si esta bromeando con ella, por lo menos no es un cobarde.
Le parece que es lo correcto de decir, y se siente muy orgulloso de si mismo cuando a Caroline le toma un momento responder. Ella se sienta a algo mas de un metro arriba de el balanceando las piernas y mirando al campo donde formula el reto. Los hermanos Mackenzie siguen atormentando ardillas, entonces Caroline sonríe y aclara la garganta para hacer su proclamación.
- Reto, Bailey.- Empieza haciéndolo suyo y de nadie más, atándolo a ello. El se empieza a sentir inquieto aún antes de saber de lo que se trata el reto, ella hace una pausa dramática antes de declarar: - El reto de Bailey es entrar en El Circo Nocturno.
Millie contiene el aliento, los hermanos Mackenzie dejan de lanzar bellotas y la miran olvidando abruptamente a las ardillas; una enorme sonrisa cruza la cara de Caroline mientras mira abajo a Bailey. - Y trae algo como prueba.- añade sin poder contener ese tinte de triunfo en su voz. Es un reto imposible y todos ellos lo saben.
Bailey mira a través del campo donde las carpas del circo parecen montañas a la mitad del valle, esta tan quieto en el día, si luz , sin música, sin multitud de gente. Solo un montón de carpas a rayas que parecen mas amarillas y gises al sol de la tarde, es un poco raro , quizá hasta un tanto misterioso, pero no extraordinario. No a la mitad del día y no tan aterrador, eso piensa Bailey.
-Lo haré.- dice saltando de su rama baja y empieza a caminar por el campo sin esperar a escuchar su respuesta, sin querer que Caroline se retracte de su reto, esta seguro de que ella creía que diría que no, una bellota pasa por su oreja pero nada mas.
Y por razones que Bailey no puede poner en palabras, esta caminando con dirección al circo con una cantidad considerable de determinación. Se ve como la primera vez que lo vio, cuando aun no tenia seis años . Se materializo en el mismo lugar y ahora parece como si nunca se hubiera ido, como si solo hubiera sido invisible por un periodo de seis años en el que el campo estuvo vacío .
A la edad de no seis todavía, no le era permitido visitar el circo, sus padres lo calificaron como muy joven, así que solo pudo ver desde lejos, encantado, las tiendas y las luces. Había esperado que se quedara lo suficiente para que pudiera tener la edad apropiada, pero se desvaneció tan rápido sin aviso después de dos semanas, dejando al muy joven Bailey con el corazón roto.
Pero ahora ha regresado.
Ha llegado hace algunos días y sigue siendo una novedad, se ha quedado por mas tiempo, Caroline pudo haber escogido otro tipo de reto, pero el circo es de lo que todo el pueblo habla y a Caroline le gusta mantener sus retos en voge.
La noche antes de que Bailey sea propiamente introducido al circo. Era algo como nada que hubiera visto antes, las luces, los disfraces, todo era tan diferente; como si hubiera escapado de su vida diaria y vagara por otro mundo. Había esperado que fuera un espectáculo, algo para sentarse y ver.
Rápidamente se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
Era algo para ser explorado.
Investigo tanto como pudo, pero se sentía terriblemente desprevenido. No sabía que tiendas elegir de docenas de opciones, cada una con seductores letreros dando pistas de sus contenidos y a cada vuelta los retorcidos caminos a rayas lo llevan a mas y mas carpas, mas letreros mas misterios.
Encontró una carpa llena de acróbatas y se quedo entre ellos mientras daban piruetas y giraban hasta que su cuello dolía de mirar arriba. Vagó por una carpa llena de espejos y vio a cientos, miles de Baileys mirándolo con ojos bien abiertos, cada uno con idénticos gorros grises.
Hasta la comida era increíble. Manzanas cubiertas de caramelo tan oscuro que casi parecían negras pero permanecían crujientes y dulces, murciélagos de chocolate con alas imposiblemente delicadas, la cidra mas deliciosa que Bailey hubiera probado. Todo era mágico y parecía continuar por siempre, ninguno de los caminos tenia final, se curvaban en otros círculos de regreso al patio.
Después no pudo describirlo apropiadamente, solo podía mover la cabeza cuando su madre le preguntaba si lo había disfrutado. No se quedaron tanto como le hubiera gustado, Bailey se hubiera quedado toda la noche si sus padres se lo hubieran permitido , aún había tantas carpas por explorar, pero fue llevado a casa a dormir después de solo un par de horas, consolado con la promesa de que podría regresar el fin de semana siguiente, aunque recuerda con ansiedad que tan rápido desapareció la vez anterior, le dolía tener que irse desde el momento en que empezó a caminar.
Se pregunta si aceptar el reto es en parte para regresar al circo mas rápido.
A Bailey le toma casi diez minutos la caminata por el campo , y mientras mas se acerca, mas grandes e intimidantes se ven las carpas y su convicción se pierde. Cuando llega a las rejas, ya esta tratando de encontrar algo que le sirva de prueba sin tener que entrar.
Las rejas miden fácilmente tres veces su altura, las letras en la cima que dicen "Le Cirque des Rêves" , son casi ilegibles en la luz del día, cada una del tamaño de una calabaza bastante grande. los rizos de hierro al rededor de las letras le recuerdan las guías de las calabazas, hay un complicado cerrojo que mantiene las puertas cerradas y un pequeño letrero que dice:
Las puertas abren al caer la noche y se cierran en el amanecer.
En letras arremolinadas, y bajo eso, en pequeñas letras simples.
Los intrusos serán desangrados.
Bailey no sabe que significa "desangrados", pero no le gusta mucho como suena. El circo se siente raro en el día, tan silencioso, no hay música, ni ruido, solo el llamado de las aves cercanas y el susurro de las hojas en los árboles. Parece que no hay nadie, como si todo el lugar estuviera desierto. Huele como olía en la noche, pero mas leve, a caramelo y palomitas y la fogata.
Bailey mira a través del campo, los otros están aun en el árbol, pero se miran pequeñitos desde tan lejos, indudablemente están mirando, así que decide caminar al rededor de la cerca, ya no esta completamente seguro de querer hacer esto, y si lo hace, no quiere ser visto. La mayor parte de la cerca pasa las puertas y orillas de las carpas, así que no hay muchos lugares por donde entrar, Bailey sigue caminando, luego de unos minutos no puede ver el árbol, encuentra una parte de la cerca que no esta pegada a una carpa pero que limita un pequeño pasillo, como un callejón , por el lado de una carpa y desapareciendo en una esquina, es tan buen lugar para intentar entrar como cualquier otro.
Se da cuenta de que en realidad, Bailey quiere ir adentro, no solo por el reto sino porque se siente curioso, terrible y desesperadamente curioso y mas allá de probarse a si mismo, a Caroline y a la pandilla, bajo la curiosidad esta la necesidad de regresar urgiéndolo. Las barras de hierro con gruesas y lisas y Bailey sabe sin intentar que no será capaz de escalarla, también esta el hecho de que no hay donde apoyar los pies después de los primeros centímetros, la cima de la cerca se curva en una especie de picos, no son muy intimidantes pero, definitivamente no son acogedores.
Pero parece que la cerca no esta construida con el expreso propósito de mantener a niños de casi diez años afuera, porque mientras las rejas son solidas, están separadas por casi treinta centímetros y Bailey siendo mas bien pequeño se puede apretar con bastante facilidad. Por un momento duda, pero sabe que se odiara a si mismo mas tarde si no lo intenta por lo menos, no importa que pase después.
Pensó que se sentiría diferente, como se sintió en la noche, pero cuando se desliza entre las rejas y esta en el pasillo entre las carpas, se siente exactamente como se había sentido afuera, sí la magia permanece ahí por el día, no la puede sentir, y parece completamente abandonado, no hay signos de trabajadores o actores. Es aun mas silencioso adentro, no puede escuchar a las aves, las hojas que crujían bajo sus pies afuera no lo siguieron dentro de la cerca, a pesar de que hay espacio suficiente para que pasen entre las barras.
Por dónde debería ir, Bailey se pregunta, y qué podría llevar como prueba de su reto, no parece haber nada que llevarse, solo piso desnudo y los lisos costados de las tiendas, las carpas parecen ser muy viejas y usadas en la luz y se pregunta cómo es que ha viajado el circo y a dónde ira cuando se valla. Cree que debe haber un tren del circo pero no hay ninguno en la estación cercana y hasta donde puede decir, nadie ha visto un tren parecido ir o venir.
Dobla a la derecha al final del pasillo y se encuentra a si mismo en una hilera de tiendas, cada una con una puerta y un letrero que anuncia sus contenidos. VUELOS DE FANTASIA, dice uno, ENIGMAS ETEREOS, otro. Bailey contiene el aliento cuando pasa por uno que dice BESTIAS TEMIBLES Y CREATURAS EXTRAÑAS, pero no escucha nada dentro; no encuentra nada para llevarse y no esta dispuesto a llevarse un letrero y lo único que queda son pedazos de papel y la ocasional palomita aplastada.
El sol vespertino produce largas sombras por las tiendas alargándose hasta el piso seco. El suelo ha sido pintado o empolvado de blanco en ciertas áreas y negro en otras, Bailey puede ver la tierra café donde ha sido pateada demasiadas veces de tantos pies caminando sobre ella. Se pregunta si volverán a pintar cada noche y da otra vuelta, y porque esta viendo al piso casi choca con una niña.
Ella esta a mitad del camino entre las carpas, solo estando ahí como si estuviera esperándolo, parece que es mas o menos de su misma edad y lleva algo que podría ser llamado disfraz, definitivamente no es ropa normal. Botas blancas con muchos botones, medias blancas y un vestido blanco hecho de pedazos de cualquier tela imaginable, trozos de raso ,seda y algodón, todos combinados en uno, una chaqueta corta militar y guantes blancos. cada centímetro del cuello hacia abajo cubierto en blanco, lo que hace a su cabello rojo excepcionalmente escandaloso.
- Tu no deberías estar aquí, - la niña de pelo rojo dice bajito, no suena enojada o siquiera sorprendida, Bailey parpadea un par de veces antes de conseguir responder.
-Yo... ah, lo se, - dice y le parece la cosa mas estúpida en el mundo que pudo haber dicho, pero la niña solo lo mira- ¿Lo siento?- añade y lo cual suena aún mas estúpido.
-Probablemente deberías irte antes de que alguien mas te vea, - dice la niña mirando sobre su hombro, pero Bailey no puede decir que es lo que esta mirando.- ¿Por donde entraste?
- Atrás, ah...- Bailey se da la vuelta pero no puede ver por que camino llego, el sendero regresa donde si mismo y no puede ver señales para saber por cual ha pasado. - No estoy seguro.
-Esta bien, ven conmigo.- La niña toma su mano sujetándola con sus manos enguantadas y llevándolo por uno de los pasajes, no dice nada mas mientras caminan entre las carpas, lo hace detenerse al llegar a una esquina y no se mueven por casi un minuto, cuando abre la boca para preguntar a que esperan, ella simplemente pone un dedo en sus labios para callarlo y continúan caminando un segundo después.
-¿Puedes pasar entre las rejas?- pregunta la niña y Bailey asiente con la cabeza, la niña da una curva cerrada tras una de las carpas y pasa por un camino por el que Bailey no había notado, y ahí esta la cerca y el campo afuera.
- Sal por aquí,- dice la niña- vas a estar bien.
Le ayuda a Bailey a deslizarse entre las barras, las cuales están un poco mas apretadas en este lado de la cerca, cuando esta del otro lado se gira para agradecerle.
-Gracias.- Le dice , no puede pensar en otra cosa que decir.
- No hay de que, pero deberías ser mas cuidadoso, no se supone que vengas durante el día, eso es ser un intruso.
- Lo se, lo lamento, ¿Qué es desangrar?
La niña sonríe.
-Significa que te sacan toda la sangre, pero no hacen eso de verdad, no creo.- se da la vuelta y se encamina de regreso.
-¡ Espera!- Bailey dice, aunque no sabe para que le pide que espere. La niña regresa a la cerca, no responde, solo espera a ver que le va a decir.- Yo... se supone que debo llevar algo de regreso.- Dice, y lo lamenta casi instantáneamente, la niña arruga las cejas y lo mira entre las barras.
- ¿Algo de regreso?- Ella repite.
- Si.-Bailey le dice mirando sus raspadas botas color café y sus botas blancas del otro lado de la cerca. - Era un reto.- Añade esperando que ella lo entienda.
La niña sonríe, se muerde el labio por un segundo y parece pensativa, entonces se quita uno de sus guantes blancos y se lo da entre las rejas, Bailey duda.
-Esta bien,- ella dice- tengo una caja entera de esos. - Bailey lo toma y lo guarda en su bolsillo.
- Gracias.- Dice otra vez.
- De nada, Bailey. - Dice la niña y esta vez cuando se da la vuelta no dice nada y desaparece a la vuelta de una carpa.
Bailey se queda ahí por un largo rato antes de caminar de regreso a través del campo, ya no hay nadie en el roble cuando llega, solo un montón de bellotas en el piso y el sol empieza a ponerse.
Ya esta a medio camino para llegar a casa cuando se da cuenta de que nunca le dijo su nombre a la niña.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
martes, 29 de octubre de 2013
---- Estrellas y obscuridad ----
Con tu boleto en mano sigues la línea continua de gente en el circo, mirando el continuo ritmo del reloj blanco y negro mientras esperas.
Más allá de la taquilla, el único camino adelante es a través de una cortina a rayas, una a una cada persona pasa por ella perdiéndose de vista. Cuando es tu turno, haces a un lado la tela y das un pazo adelante solo para ser tragado por la obscuridad mientras la cortina se cierra otra vez.
Le toma un tiempo a tus ojos ajustarse, entonces pequeños puntos de luz aparecen como estrellas marcando las paredes frente a ti. Y cuando momentos antes estabas tan cerca de tus compañeros visitantes del circo que pudiste haberlos tocado, ahora estas solo caminando tentativamente a través de algo parecido a un laberinto de túneles.
El túnel se tuerce y gira, las pequeñas luces son la única iluminación, no tienes forma de saber que tan lejos has ido ni en que dirección te estas moviendo. Finalmente encuentras otra cortina, de tela tan suave como el terciopelo en tus manos y se abre fácilmente al tocarlo.
La luz del otro lado es cegadora.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
Falsas pretensiones. Diciembre 1884, Londres.
La diana cuelga precariamente en un muro del estudio entre dos libreros grandes y pinturas en marcos ornamentales; casi escondido en las sombras a pesar de sus atrevidos diseños, pero el cuchillo alcanza su objetivo cada una de las veces que es lanzado muy cerca del tiro al blanco que esta obscurecido por un recorte de periódico pegado al tablero.
El recorte es una critica teatral, un articulo cuidadosamente recortado del London Times . Es una critica positiva, algunos podrían llamarla brillante, sin embargo, ha sido puesta en posición para ser ejecutada, y el cuchillo de mango plateado esta siendo lanzado a ella, el cuchillo atraviesa el papel y se encaja en el corcho de la diana y es retirado solo para repetir el mismo proceso otra vez.
El cuchillo es lanzado grácilmente del mango y gira una y otra vez de manera perfecta hasta que la punta encuentra su objetivo por Chandresh Christophe Lefêvre, cuyo nombre esta impreso en letras claras en la ultima línea del mencionado recorte de periódico. La oración en la que aparece su nombre es la que as ha indignado a M. Lefêvre al punto de arrojar cuchillos. Una sola oración que se lee de este modo: "M. Chandresh Christophe Lefêvre sigue empujando los limites del escenario moderno sorprendiendo a su audiencia con un espectáculo que es casi trascendental."
La mayoría de productores teatrales se hubieran sentido halagados por un comentario así, hubieran guardado el articulo para guardarlo en un álbum de reseñas como cita para referencias y remisiones. Pero no este productor en particular, no, M. Chandresh Christophe Lefêvre se enfoca en esa penúltima palabra, casi, casi.
El cuchillo vuela otra vez por la habitación, sobre el mobiliario de terciopelo y madera labrada pasando peligirosamente a la licorera de cristal con brandy , da un giro mortal rápidamente del mango a la navaja y se encuentra clavado en el tablero una vez mas; esta vez atraviesa el ahora deshecho papel entre las palabras audiencia y espectáculo cubriendo las palabras " con un " completamente.
Chandresh sigue la trayectoria del cuchillo, saca la navaja del tablero cuidadosamente con una buena cantidad de fuerza, atraviesa la habitación con el cuchillo en una mano y una copa de brandy en la otra, rápidamente gira los talones y deja volar el cuchillo una vez mas apuntando a la terrible palabra, " casi".
Debe estar haciendo algo mal claramente, si sus producciones son meramente, casi trascendentes, cuando la posibilidad de verdaderamente trascendental existe en algún lugar cercano, esperando a ser alcanzado, entonces algo debe hacerse .
Ha sopesado esto desde la reseña fue puesta en su escritorio, limpiamente seleccionada y etiquetada por su asistente, copias adicionales han sido archivadas en algún otro lugar para la posteridad en un lugar seguro, como las copias encuentran tan macabro fin , Chandresh agoniza con cada palabra.
Chandresh disfruta de las reacciones. Reacciones genuinas, no aplausos por mera amabilidad; muchas veces aprecia mas las reacciones que el espectáculo mismo, un espectáculo sin audiencia es nada, después de todo. En la respuesta de las audiencias, ahí, es donde el poder del artista reside.
El fue criado en teatros, sentado en cajas en el ballet, siendo un niño inquieto pronto se aburró de la familiaridad de los bailes, escogió entonces mirar al auditorio, ver cuando sonreían y contenían el aliento, cuando las mujeres suspiraban y cuando los hombres asentían. Quizás no sea tan terriblemente sorprendente ahora, muchos años después, que siga teniendo mas interés en las audiencias que en las presentaciones, aunque la presentación debe ser espectacular para poder atraer las mejores reacciones. Y porque es incapaz de ver los rostros de cada persona en el auditorio en cada presentación, en cada espectáculo , ( espectáculos que van de un rango de convincentes dramas bailarinas exóticas y a veces creativamente combinando ambas). Confía en las reseñas.
Aunque no ha habido una reseña en algún tiempo que lo aflija en la forma en que esta en particular lo hace, y ciertamente, ninguna en años ha provocado que lance el cuchillo. El cuchillo vuela otra vez clavándose en la palabra "escenario" Chandresh va a sacarlo tomando un trago de su brandy en el camino, mira las casi ilegibles palabras, entonces baja por Marco.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
domingo, 27 de octubre de 2013
Falsas pretensiones . 1884 Julio - Noviembre.
Prospero el Hechicero no da una razón formal del porque se retira formalmente de los escenarios. Sus giras han sido tan esporádicos durante los últimos años que la falta de presentaciones pasa mayormente desapercibida; pero Héctor Bowen sigue de gira, por así decirlo, aún si Prospero el Hechicero no lo hace. Viaja de ciudad en ciudad empleando a su hija de diez y seis años como médium.
-¡Odio esto papá! - Celia se queja frecuentemente.
-Si puedes pensar en un mejor modo de pasar tu tiempo antes de que empiece el desafío, y no te atrevas a decir que leyendo, entonces eres bienvenida, hazlo, si hace tanto dinero como esto lo hace. Además, es bueno que practiques el actuar frente a una audiencia.
-¡Esta gente es insufrible!- Dice Celia , aunque no es exactamente a lo que se refiere; ellos la hacen sentirse incomoda, la forma en que la miran, las miradas suplicantes y los ojos llorosos, la ven como a una cosa, un puente a los seres queridos perdidos a los que tan desesperadamente se aferran.
Hablan de ella como si ni siquiera estuviera en la habitación, como si fuera tan insubstancial como sus amados espíritus, debe forzarse a si misma a no sentirse avergonzada cuando inevitablemente la abrazan agradeciéndole entre sollozos.
- Esta gente no significa nada.- Le dice su padre.- No pueden siquiera empezar a entender que es lo que ellos ven o escuchan, es mas fácil para ellos que crean que reciben milagrosas transmisiones de la otra vida . ¿ Por que no tomar ventaja de eso, especialmente cuando están tan dispuestos a separarse de su dinero por algo tan simple?
Celia sostiene que ninguna cantidad de dinero vale tan dolorosa experiencia, pero Héctor es insistente así continúan con los viajes, con mesas que levitan y haciendo fantasmales golpeteos en todo tipo de bien preparadas paredes.
Ella sigue desconcertada por la forma en que sus clientes ansían la comunicación, esa seguridad. Ni una vez ha querido tener contacto con su difunta madre y duda que su madre quisiera hablarle si pudiera, especialmente con métodos tan complicados. Todo esto es una mentira,
le gustaría decirles, los muertos no rondan al rededor para tocar con buenos modos tazas de té ni manteles , ni susurran a través de cortinas hinchadas.
Algunas veces rompe las reliquias culpando a espíritus inquietos.
Su padre le escoge diferentes nombres cada vez que cambian de local, pero usa Miranda frecuentemente, presumiblemente porque sabe que tanto le molesta. Después de meses de eso esta exhausta de viajar , la presión y el hecho de que su padre a penas la deja comer, porque asegura que luciendo como alguien sin techo la hace parecer mas convincente, mas cercana al otro lado.
Hasta que después de se desmaya verdaderamente durante una sesión, ejecutando mas que a la perfección su desvanecimiento coreografiado, su padre accede a un respiro en su casa de Nueva York. Una tarde en el té , entre miradas a la cantidad de mermelada y crema batida que unta a sus bollos, menciona que ha sido contratada para prestar sus servicios el fin de semana a una llorosa viuda al otro lado del pueblo, quien ha accedido a pagar el doble de su tarifa normal.
-Dije que podías tener un descanso.- Su pare dice cuando Celia se niega, sin siquiera levantar la mirada de la pila de papeles que tiene regados en la mesa.- Y has tenido tres días, eso debe bastar, te ves bien, vas a ser mas bella que tu madre algún día.
- Me sorprende que recuerdes como lucia mi madre.
-¿Ah si?- Su padre pregunta mirándola y ella solo frunce el ceño como respuesta- Puede que solo haya pasado algunas semanas en su compañía pero la recuerdo con mas claridad de lo que lo haces, y tu la tuviste por cinco años, el tiempo es algo particular, lo aprenderás eventualmente.- y regresa su atención a los papeles.
-¿Que hay de el reto para el que supuestamente me has estado entrenando?- le pregunta Celia.- ¿O es solo una forma mas que tienes para hacer dinero?
- Celia, querida, tienes grandes cosas por delante, pero cedimos el control de cuando empezarán , nuestro lado no tiene el primer movimiento, simplemente seremos notificados cuando sea el momento de ponerte en el tablero, si eso fuera.
-¿Entonces por que importa lo que haga mientras tanto?
- Necesitas practicar.
Celia inclina la cabeza mirándolo mientras pone sus manos en la mesa. Todos los papeles se doblándose por si mismos en formas elaboradas: pirámides, hélices y aves de papel con alas susurrantes. Su padre levanta la mirada molesto, toma un pesado pisapapeles de cristal y lo tira sobre la mano de Celia, lo suficientemente fuerte para romperle la muñeca con un agudo crujido. Los papeles de desdoblan y revolotean de regreso a la mesa.
-Necesitas practicar.- Le repite.- Te sigue faltando control.
Celia abandona el cuarto sin decir una palabra tragándose y tratando de contener las lagrimas.
- ¡Y por el amor de Dios, deja de llorar! - su padre le grita.
Le toma casi una hora acomodar y sanar los pedazos de hueso.
*
Isobel se sienta en una silla que raramente se usa en un rincón del piso de Marco un arcoíris de listón de sedase enreda en sus dedos mientras trata en vano de hacer una elaborada trenza.
-Esto parece tan tonto.- ella señala, molesta por el listón enredado.
- Es un encanto sencillo.- Dice Marco desde su escritorio, donde se sienta rodeado de libros abiertos. - Un listón por cada elemento unido por nudos y un propósito . Es como con tus cartas, solo que influencias al objeto en vez de sólo adivinar su significado; pero no va a funcionar si no crees que lo hará, lo sabes.
-Quizá no estoy en el humor apropiado para creerlo.-Isobel dice, soltando los nudos y colocando el listón a un lado dejándolos colgar en el brazo de la silla. -Lo intentaré de nuevo mañana.
-Entonces ayúdame.- Levantando la vista de sus libros le dice Marco.- Piensa en algo, un objeto, un objeto significativo del que no pueda saber.
Isabel suspira pero obediente cierra los ojos y se concentra.
-Es un anillo.- Marco dice después de un momento, sacando la imagen de su mente , tan fácil como si ella le hubiera hecho un dibujo. - Un anillo con un zafiro con dos diamantes a los costados.
Isobel abre los ojos.
-¿Como supiste eso?
- ¿ Es un anillo de compromiso?- contesta con un gesto. Ella cubre su boca con la mano y dice que si con la cabeza.
-Lo vendiste.- Marco afirma tomando fragmentos de recuerdos relacionados al anillo mismo.- En Barcelona, escapaste de un matrimonio arreglado, por eso estas en Londres. ¿Por que no me lo dijiste?
- No es exactamente un tema de conversación apropiado, y difícilmente me dices cosas sobre ti, tu también pudiste haber escapado de un matrimonio arreglado.
Se quedaron mirando un momento. Marco trata de buscar una respuesta apropiada pero entonces Isobel ríe.
-Probablemente él busco mas al anillo que a mi.- Dice ella mirando su mano desnuda.- Era una cosa tan adorable, casi no me quería separar de el pero no tenia dinero, ni nada más que vender.
Marco empezaba a decir que había conseguido un muy buen precio por el anillo pero entonces alguien tocó la puerta del departamento.
-¿Es el casero?- Susurra Isobel, pero marco pone un dedo en sus labios y sacude la cabeza. Solo una persona toca esa puerta sin ser anunciada. Marco le señala a Isobel para que valla al estudio antes de que abra.
El hombre del traje gris no entra al departamento, nunca ha entrado a ese espacio desde que orquestó la transición empujando a su estudiante al mundo.
-Te presentaras para pedir un puesto de trabajo para este hombre.- Dice sin saludar sacando una tarjeta de presentación descolorida de su bolsillo.- Vas a necesitar un nombre.
- Ya tengo un nombre.
El hombre del traje gris no pregunta cuál podría ser.
- Tu entrevista esta programada para mañana en la tarde, he hecho varios negocios para Monsieur Lefevre últimamente y te he recomendado firmemente, pero deberás hacer lo que sea necesario para asegurar el puesto.
-¿Es el inicio del reto?
-Es una maniobra preliminar para ponerte en un lugar ventajoso.
-Entonces, ¿Cuándo empezará el reto?- Pregunta Marco, aunque ha hecho la misma pregunta docenas de veces antes y nunca ha recibido una respuesta.
-Eso se hará claro en su tiempo, cuando inicie, seria inteligente concentrar tu atención en la competencia misma,- sus ojos se mueven apuntando a la puerta cerrada del estudio,- sin ninguna distracción. - Le dice y sale por el pasillo dejando a Marco parado en la puerta leyendo y re leyendo el nombre y la dirección en la despintada tarjeta.
*
Héctor Bowen accede a la insistencia de su hija a quedarse en Nueva York, pero lo hace por sus propios propósitos. Mientras hace comentarios de que ella debería practicar más, en general la ignora, pasando su tiempo solo en el salón de arriba.
Celia esta bastante contenta con el arreglo y pasa mucho de su tiempo leyendo. Se escapa a librerías, sorprendida de que su padre no le pregunte de donde han venido las nuevas pilas de libros. Y practica, frecuentemente, rompiendo cualquier tipo de cosas solo para volverlas a armar, haciendo volar los libros a su alrededor como si fueran aves calculando que tan lejos pueden volar antes de tener que ajustar su técnica. Se vuelve muy hábil al manipular telas, alterando sus vestidos de manera tan experta como un sastre maestro para acomodar el peso que ha ganado, sintiendo su cuerpo suyo otra vez.
Tiene que recordarle a su padre que salga de su salón para comer, pero últimamente se niega a hacerlo con mas y mas frecuencia, casi nunca deja el salón en absoluto.
Hoy ni si quiera respondió a su insistente golpeteo. Irritada y sabiendo que ha hechizado la cerradura para que no pueda abrirla sin sus propias llaves, ella patea la puerta y para su sorpresa se abre.
Su padre esta junto a la ventana, mira atentamente su brazo mientras lo extiende frente a el, la luz del sol se filtran a través del vidrio congelado y cae en su manga. Su mano se desvanece completamente y de regreso, estira sus dedos frunciendo el ceño al escuchar el crujido de sus articulaciones.
-¿Que estas haciendo papá? Celia pregunta, peleando la curiosidad y el fastidio, no es algo que le haya visto hacer antes, ni en los escenarios , ni en la intimidad de sus lecciones.
-Nada que te incumba.- dice su padre poniendo el adornado puño de su camisa sobre su mano. La puerta se cierra en su cara.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
viernes, 25 de octubre de 2013
Le Bateleur Mayo- Junio 1884, Londres.
Justo antes de que el muchacho cumpla diez y nueve , el hombre del traje gris lo lleva de su casa de campo sin aviso a un modesto piso con vista al Museo Británico. Al principio el asume que es algo temporal, últimamente han habido viajes de semanas o incluso meses a Francia, Alemania y Grecia, llenos de mas estudios que vistas de paisajes, pero esta no es una de esas, no precisamente vacaciones, en lujosos hoteles.
Es un piso modesto con los muebles básicos, tan similar a sus habitaciones anteriores que encuentra difícil sentir algo remotamente parecido a nostalgia por su antiguo hogar, excepto por la biblioteca, aunque aun posee una impresionante cantidad de libros.
Hay un armario repleto de bien cortados aunque nada sobresalientes, trajes negros; blancas camisas recién planchadas y una hilera de bombines a la medida. Solo se pregunta cuándo empezara su ya referido desafío empezara. El hombre del traje gris no lo dice, aunque la acción marca el fin formal de sus lecciones. Entonces continua sus estudios de manera independiente. Guarda cuadernos llenos de símbolos y grifos, trabajando en notas viejas y encontrando nuevos elementos a considerar. Lleva volúmenes similares de menor tamaño con el a todo momento, transcribiéndolos luego en los mas grandes cuando se llenan.
Inicia cada cuaderno de la misma manera, con un detallado dibujo de un árbol grabado con tinta negra desde la cubierta frontal; desde ahí , las ramas negras se alargan en las páginas subsecuentes uniendo líneas que forman letras y símbolos, cada hoja casi completa mente cubierta de tinta. Todo, las runas, las letras, los grifos torciéndose juntos y atados al árbol del principio.
Hay un bosque de tales árboles cuidadosamente archivados en sus repisas.
Practica las cosas que le han sido enseñadas, aunque es difícil medir la efectividad de sus ilusiones por si mismo. Pasa mucho de su tiempo observando reflejos en los espejos. Sin horarios y sin estar encerrado bajo llave, da largos paseos por la ciudad. El inmenso volumen de gente es perturbadora pero la alegría de dejar su departamento cada vez que lo desea se sobre pone al temor de tropezar accidentalmente con algún transeúnte al cruzar las calles.
Se sienta en parques y cafés observando a la gente cuando no lo ven, disolviéndose entre multitud de jóvenes en trajes intercambiables y bombines. Una tarde regresa a su vieja casa de campo, pensando que quizá no seria una molestia visitar a su instructor por algo tan simple como el té, pero la casa esta abandonada y las ventanas cubiertas con tablas. De regreso a su departamento mete una mano a su bolsillo y se da cuenta de que no esta su libreta.
Maldice en voz alta captando la atención de una mujer que se aparta a un lado cuando el se detiene en la poblada acera. Vuelve sobre sus pasos cada vez mas ansioso a cada vuelta. Una ligera lluvia empieza a caer, a penas una brisa ligera pero varios paraguas se abren entre la multitud. Jala un extremo de su bombín para cubrir sus ojos buscando en el pavimento mojado por alguna señal de su libreta.
Se detiene en una esquina bajo el toldo de un café, mira las lámparas parpadear a lo largo de la calle, preguntándose si deberá esperar a que la multitud se disperse o la lluvia aumente; entonces se da cuenta de que hay una chica a unos pasos de el resguardándose también bajo el toldo y esta viendo las paginas de una libreta que esta seguro que es la suya.
Ella tiene quizá unos diez y ocho , quizá un poco mas joven, sus ojos son claros y su cabello es de un color indeterminado que no parece ser ni rubio ni castaño; lleva un vestido que pudo estar de moda hace dos años y esta empapado por la lluvia.
El se acerca, pero ella no parece notarlo, se queda completamente absorta en la libreta, incluso se ha quitado uno de sus guantes para poder pasar mejor las delicadas hojas. Ahora puede ver que de verdad es su libreta, su diario , abierto en una página con una tarjeta pegada en ella, con criaturas aladas arrastrándose en una rueca dibujadas en ella, Su escritura cubre la carta y los espacios al rededor de ella incorporándose en el cuerpo del texto.
Mira su expresión mientras pasa las paginas, una mezcla de confusión y curiosidad.
- Me parece que tiene mi libro.- dice después de un momento. La muchacha brinca sorprendida y casi tira la libreta pero logra sujetarla, aunque en el proceso su guante cae al pavimento. El se agacha para recogerlo y enderezándose se lo ofrece, ella parece estar sorprendida de que le este sonriendo.
- Lo lamento.- Dice ella aceptando el guante y devolviendo rápidamente el diario. - Lo tiró en el parque y estaba tratando de regresarlo pero lo perdí de vista y entonces... lo siento. - se detiene nerviosa.
- Esta bien. - Le dice, aliviado al tener de nuevo su posesión.- Temía haberlo perdido para siempre, lo que hubiera sido un infortunio, le debo mi mas profunda gratitud, señorita...
- Martin.- Contesta y suena a mentira.- Isobel Martin. - Una mirada inquisitiva le sucede, esperando por su propio nombre.
-Marco. - Responde.- Marco Alisdair.- El nombre le sabe raro, las oportunidades de decirlo en voz alta han sido muy escasas. Ha escrito esta variante de su nombre combinado con una forma del alias de su instructor tantas veces que parece suyo, pero el darle sonido al símbolo es algo completamente diferente. La tranquilidad con la que Isobel lo acepta lo hace sentir mas real.
- Encantada de conocerlo señor Alisdair.
El debería agradecerle e irse, es lo mas sensato, pero no esta muy inclinado a regresar a su solitario departamento.
-¿ Me permitiría invitarle un trago como muestra mi gratitud, señorita Martin?- pregunta guardándose la libreta en el bolsillo.
Isobel duda, sabiendo que no debe aceptar tragos de desconocidos que se encuentra en calles oscuras, pero para su sorpresa , acepta.
- Muy bien, pero hay mejores cafés que este en particular,- señala con un gesto hacia la ventana junto a ellos- a una distancia razonable, si no le molesta una caminata mojada, me temo que no traigo conmigo un paraguas.
- No me molesta.- Dice Isobel y Marco le ofrece el brazo, que ella toma y caminan la calle en una suave lluvia.
Solo caminan una calle o dos y luego por un callejón bastante estrecho, Marco puede sentir como se ella se tensa en la oscuridad pero luego se relaja cuando se detienen en una bien iluminada puerta junto a una ventana con manchas. El detiene la puerta mientras ella entra al café, uno que rápidamente se convirtió en su favorito en los últimos meses, uno de los pocos lugares en Londres donde realmente se siente tranquilo.
Velas parpadean en candiles de cristal en cada superficie disponible y en las paredes pintadas de un rojo intenso y atrevido. Hay solo un par de clientes regados en el intimo espacio con bastantes mesas vacías . Se sientan en una pequeña mesa cerca de la ventana, Marco llama a la mujer de tras del bar quien les trae dos vasos de Bordeaux, dejando la botella junto a un pequeño florero que tiene una rosa amarilla.
Mientras la lluvia cae suavemente en las ventanas, ellos conversan amablemente sobre cosas sin importancia, Marco revela pocas cosas sobre el e Isobel responde de la misma manera. Cuando él le pregunta si tiene hambre ella da una educada no respuesta que revela que esta muy hambrienta, el llama la atención de la mujer del bar y regresa unos minutos con una bandeja llena de queso, fruta y unas rebanadas de baguette.
-¿Como encontró un lugar como este?
-Prueba y error y una gran cantidad de vasos de vinos terribles.- Isobel ríe.
- Lo siento , aunque por lo menos funciono bien al final. Este lugar es adorable, es como un oasis.
- Un oasis con muy buen vino.- Marco concuerda chocando su vaso con el de ella.
-Me recuerda a Francia.
- ¿Eres de Francia?- Marco pregunta.
- No , pero viví ahí por un tiempo.
- Yo también, aunque fue hace algún tiempo; y tienes razón, este lugar es muy francés, creo que es parte de su encanto, hay tantos lugares aquí que no se molestan en ser algo.
- Eres encantador. - le dice Isobel y de inmediato se sonroja, se ve como si quisiera volver a meter esas palabras en su boca.
- Gracias.- Responde marco sin saber que otra cosa decir.
-Lo siento.- contesta Isobel claramente agitada- No pretendía... - comienza pero quizá envalentonada por el vino continua.- Hay encantos en tu libro- dice mirándolo para ver su reacción pero él no dice nada y ella desvía la mirada- talismanes, símbolos... no se que significan todos ellos pero con encantamientos, ¿verdad? - toma un trago nerviosa sin atreverse a mirarlo.
Marco escoge sus palabras cuidadosamente, preocupado del rumbo que la conversación esta tomando.
- ¿Y que sabe una joven dama que una vez vivió en Francia, de talismanes y encantamientos?
-Solo algunas cosas que he leído en libros, no recuerdo que significan todos ellos, solo conozco los símbolos astrológicos, algunos de alquimia y tampoco los muy bien. - se detiene, no sabe si continuar o no, entonces añade- La Rue de Fortune, la rueda de la fortuna, la carta de tu libreta, conozco esa carta, tengo una baraja.
En un principio, Marco había determinado que ella era algo mas que medianamente interesante y bastante bonita, pero esta revelación es algo más. Se inclina sobre la mesa mirándola con un interés considerablemente mayor que momentos antes.
-¿Dice usted que lee el tarot ,señorita Martin?- ella asiente.
-Por lo menos intento, solo para mi misma, aunque supongo que no es leer realmente, es... es solo algo que elegí hace algunos años.
-¿Tiene sus cartas con usted?- con un gesto Isobel asiente.-Me gustaría mucho verlo si no le importa.- añade cuando no ve que haga algún movimiento para sacarlo de su bolsa. Isobel mira a los demás comensales en el café, Marco da un gesto desacreditándolos. - No se preocupe por ellos, toma mas de una baraja para asustarlos. Pero si prefiere no hacerlo, lo entiendo.
-No, no, no me molesta.- Dice Isobel tomando su bolso y cuidadosamente sacando una baraja envuelta en un trozo de seda negra, las desenvuelve y las coloca en la mesa.
-¿Puedo? Marco pregunta alargando un brazo para tomarlas.
- Por supuesto. Isobel responde sorprendida.
-A algunos lectores no les gusta que otra gente toque sus cartas. - Explica marco, recordando detalles de sus clases de adivinación mientras levanta suavemente las cartas. - Y no me gustaría ser impertinente. - voltea la carta de enzima , Le Bateleur, el mago, Marco no puede evitar sonreír a la carta antes de regresarla.
-¿Las lees?
- ¡Oh, no!, estoy familiarizado con las cartas pero no me hablan, no en formas apropiadas para leerlas.- Mira de las cartas a Isobel, sin saber que hacer con ella.-¿ A ti te hablan, verdad?
- No lo había pensado de esa manera , pero supongo que así es .- Ella dice bajito, mirándolo pasar las cartas, las trata con la misma delicadeza que a su diario, sosteniéndolas cuidadosamente de las orillas, cuando las ha visto todas, las deja nuevamente en la mesa.
- Son muy viejas, mucho mas viejas que tú, me aventuro a adivinar. ¿Puedo preguntar como es que llegaron a tus manos?
- Las encontré en un joyero en una tienda de antigüedades en Paris varios años a tras, la mujer ahi.no quería vendérmelas, solo me dijo que me las llevara, que las sacara de su tienda, cartas del diablo las llamó, cartes du diable.
-La gente es muy ingenua en esas cosas.- Marco dice, una frase repetida a menudo por su instructor, usada como amonestación y advertencia.- Y prefieren llamarlas demoniacas en un intento de entenderlas, una desafortunada verdad, pero verdad al fin.
- ¿Para que es tu libreta?- Isobel pregunta- No pretendo husmear, es que lo encuentro interesante, espero me perdones por haberlo visto.
-Bueno,ahora que estamos en ese tema y me has dejado ver tus cartas... pero me temo que es bastante complejo y no la cosa más fácil de explicar o creer.
-Puedo creer una gran cantidad de cosas. -Isobel dice. Marco no dice nada pero la mira atentamente como miró sus cartas. Isobel contiene el aliento y no aparta la mirada.
Es muy tentador haber encontrado alguien quien podria empezar a entender el mundo en el que ha vivido casi toda su vida, sabe que debería dejarla ir, pero no puede.
-Podría enseñarle, si usted quiere.
-Eso me gustaria.
Terminan su vino y Marco paga la cuenta a la mujer del bar, se coloca el sombrero y toma a Isobel del brazo dejando el calor del café, caminando otra vez bajo la lluvia. Marco se detiene abruptamente a la mitad de la siguiente calle justo afuera de la reja de un patio, esta a tras de la calle, una alcoba formada por muros de piedras grises.
-Esto esta bien. - El dice y guia a Isobel del pavimento a un espacio entre el muro y la reja, poniendo su espalda contra la piedra mojada y fría y se sitúa justo frente a ella, tan cerca que ella puede ver cada gota de lluvia en la orilla de su bombín.
-¿ Esta bien para que?- Le pregunta , aprensión subiendo a su voz. La lluvia sigue cayendo al rededor de ellos y no hay a donde ir. Marco simplemente levanta una mano enguantada para callarla, concertándose en la lluvia y el muro a sus espaldas. El nunca ha intentado este truco en particular con nadie y no sabe si será capaz de lograrlo.
-¿Confía usted en mi señorita Martin?- Le pregunta con la misma intensa mirada de el café, solo que esta vez esta a penas unos centímetros de la suya.
-Si.- dice sin titubear.
- Bien.- Dice Marco y con un fluido movimiento levanta la mano y la pone firmemente sobre los ojos de Isobel.
*
Sobresaltada, Isobel se congela. Su visión es oscurecida completamente, no puede ver nada, solo siente el cuero mojado en su piel. Se estremece y no sabe si es por la lluvia o el frio. Una voz cerca de su oído susurra palabras que tiene que esforzarse para escuchar pero que no entiende. Entonces ya no escucha la lluvia, y el muro de piedra a su espalda se siente rugoso cuando antes se sentía liso. De algún modo la oscuridad se siente mas iluminada , entonces Marco aparta su mano.
Parpadeando mientras sus ojos se ajustan a la luz, Isobel primero ve a Marco frente a ella, pero algo es diferente; ya no hay gotas en las orillas de su sombrero, no hay gotas de lluvia en absoluto, en cambio, hay luz solar dándole un ligero brillo, pero eso no es lo que hace a Isobel contener el aliento. Lo que lo provoca, es de hecho, de que están parados en un bosque, su espalda esta presionada contra un enorme y viejo tronco de un árbol. Los árboles están desnudos y ennegrecidos, sus ramas se estiran en la inmensidad azul del cielo; el suelo esta cubierto de nieve ligera como polvo centelleando bajo la luz del sol. Es un perfecto día de invierno y no hay edificios a la vista por kilómetros, solo una extensión de nieve y madera. Un ave canta en un árbol cercano y otro a la distancia le responde.
Isobel esta desconcertada, eso es real, lo puede sentir en el sol en su piel y la corteza del árbol en sus dedos, el frio de la nieve es palpable, entonces se da cuenta de que su vestido ya no esta mojado por la lluvia. Incluso el aire que entra en sus pulmones es inequívocamente fresco aire de campo, sin rastros del esmog londinense, no puede ser, pero es real.
-Esto es imposible.- dice ella volteando a ver a Marco, el sonríe, sus brillantes ojos verdes deslumbrados por el sol invernal.
-Nada es imposible.- dice el. Isobel ríe, una riza aguda y deleitosa como la de un niño.
Un millón de preguntas pasan por su mente y ella no podía articular ninguna. Entonces la imagen de una carta se forma claramente en su mente , Le Bateleur. -Eres un mago. Dice ella.
- No creo que nadie me haya llamado así antes.- Marco responde. Isobel ríe de nuevo y sigue riendo cuando el se acerca a un mas y la besa.
Un par de aves circulan sobre ellos como un suave viento entre las ramas de los arboles que los rodean.
Para los transeúntes de las oscuras calles de Londres, ellos no parecen nada fuera de lo ordinario, solo un par de enamorados besándose bajo la lluvia.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Lecciones de Mágia. 1875 - 1880
Celia crece en una serie de teatros. La mayoría de ellos en Nueva York, pero hay periodos en otras ciudades, Boston , Chicago, San Francisco, excursiones ocasionales a Milán, Paris o Londres. Juntos se mezclan en un borrón de deber, terciopelo y aserrín al punto de que a veces no recuerda en que país esta, no que eso importe.
Su padre la lleva a todos lados mientras es pequeña, presumiéndola como a un perro consentido en vestidos caros para que sus colegas y conocidos lo adulen en bares después de sus presentaciones. Cuando decide que ya es demasiado alta para ser un accesorio adorable, empieza a abandonarla en camerinos en cuartos de hotel. Cada noche se pregunta si el no regresara, quizá, pero siempre aparece a horas no apropiadas, algunas veces acariciando gentilmente su cabeza mientras finge dormir, otras ignorándola completamente.
Sus lecciones se vuelven menos formales, cuando antes la sentaba en marcadas, aunque irregulares horas, ahora la examina constantemente, incluso en publico. Incluso tareas tan simples como atarse las agujetas de las botas, están prohibidas si se hacen a mano. Ella mira a sus pies, invitando a sus agujetas a amarrarse en desordenados moños, frunciendo el seño cuando se hacen nudos. Su padre no esta muy dispuesto cuando le hace preguntas. Ella ha deducido que el hombre del traje gris a quien su padre llama Alexander, también tiene un estudiante y que habrá una clase de juego.
-¿Como el ajedrez? -Le pregunta una vez.
- No.- dice su padre.- No es como el ajedrez.
*
EL niño crece en una casa de campo en Londres. No ve a nadie, ni siquiera cuando sus comidas son llevadas a sus habitaciones, aparecen a la puerta en bandejas cubiertas y desaparecen de la misma manera. Una vez al mes, un hombre , que no habla, es traído para que le corte el cabello y una vez al año, el mismo hombre le toma las medidas para sus ropas nuevas. El niño pasa la mayor parte de su tiempo leyendo y escribiendo, por supuesto. Copia secciones de libros, escribe palabras y símbolos que no entiende al principio pero que vuelven íntimamente familiares bajo sus dedos manchados de tinta, formados una y otra vez en líneas cada vez mas firmes. Lee historias y mitologías y novelas. Lentamente aprende otros lenguajes aunque se le dificulta hablarlos.
Hay ocasionales excursiones a museos y bibliotecas, durante las horas de descanso, que son pocas si las hay, otras visitas. El niño adora estos viajes, por los contenidos de los edificios y por desviarse de su rutina. Pero son escasas y nunca le es permitido abandonar la casa sin compañía. El hombre del traje gris visita su habitación todos los días, frecuentemente acompañado de pilas de libros nuevos, pasando exactamente una hora dándole clases de cosas que el niño no sabe si algún día entenderá de verdad.
Solo una vez el niño pregunta si le será permitido hacer algo, la clase de cosas que el hombre de gris le muestra raramente durante esas estrictas horas de agendadas clases.
-Cuando estés listo.-Es la única respuesta que recibe. No ha estado listo por algún tiempo.
*
Las palomas que aparecen en el escenario y ocasionalmente entre la audiencia durante las actuaciones de Prospero son guardadas en jaulas muy elaboradas, enviadas con el resto del equipaje y provisiones. Una puerta azotada lanza un montón de baúles y cajas que chocan contra una jaula llena de palomas. Los baúles vuelven a sus lugares instantáneamente, pero Héctor toma la jaula para inspeccionar el daño. Mientras la mayoría de las palomas esta aturdida por el golpe una tiene claramente un ala rota. Héctor toma cuidadosamente al ave, los barrotes dañados se reparan cuando baja la jaula.
-¿Puedes curarla?- pregunta Celia. Su padre mira a la paloma herida y de regreso a su hija, esperando a que ella le haga mas preguntas.
-¿Puedo curarla?- ella pregunta después de un momento.
-Adelante, inténtalo. - Le dice su padre dándosela. Celia acaricia gentilmente a la trémula paloma mirando atentamente su ala rota. El ave hace un sonido doloroso y estrangulado muy diferente a su habitual susurro.
-No puedo hacerlo. - Dice Celia con los ojos llenos de lagrimas, ofreciendo la paloma a su padre. Héctor toma la paloma y rápidamente rompe su cuello ignorando el grito de protesta de su hija.
-Lo vivo tiene diferentes reglas, deberías practicar con algo más básico.- Toma la pequeña muñeca de Celia de una silla cercana y la tira al piso rompiendo la porcelana. Cuando Celia entrega al siguiente día la muñeca perfectamente reparada , él solo asiente con la cabeza en señal de aprobación y la despide para regresar a las preparaciones para su espectáculo.
-Pudiste haber sanado a la paloma.
-Pero entonces no hubieras aprendido nada, necesitas entender tus limitaciones para poder superarlas, tu quieres ganar ¿o no?
Celia asiente mirando a la muñeca, no hay evidencia de que haya sido alguna vez dañada, ni una sola grieta en la vacía cara sonriente. La tira bajo una silla y no la toma cuando dejan el teatro.
*
El hombre del traje gris lleva al niño por una semana a Francia, no precisamente de vacaciones. El viaje es inesperado, la pequeña maleta del niño es preparada sin su conocimiento. El niño asume que están ahí por algún tipo de lección, pero ningún área de estudio es especificada; después del primer día, se pregunta si estarán ahí solo por la comida, descubriendo el voluptuoso crujido de pan recién horneado en boulangeries y la extensa variedad de quesos.
Hay visitas fuera de horario a silenciosos museos donde el niño intenta caminar en las galerías tan silenciosamente como su maestro y falla, sobresaltándose con el eco de sus pasos; aunque pide un cuaderno de dibujo, su instructor insiste en que seria mejor para el guardar las imágenes en su memoria. Por las tardes el niño es enviado al teatro. El espera una función de teatro o quizá ver el ballet, pero el espectáculo es algo que encuentra inusual.
El hombre en el escenario , de cabello sedoso, un hombre barbado cuyos guantes se mueven como aves en contraste a lo negro de su traje, hace trucos simples y distracciones con prestidigitación. Aparecen aves del jaulas con fondos falsos, pañuelos se deslizan de bolsillos ocultos para ser escondidos de vuelta en puños. El chico mira al mago y a su modesta audiencia con curiosidad, los espectadores parecen impresionados por el engaño y frecuentemente aplauden educadamente.
Cuando cuestiona a su instructor después del evento, le es dicho que el asunto no será discutido hasta que regresen a Londres al final de la semana. La siguiente tarde el muchacho es llevado a un teatro mas grande y nuevamente dejado solo para ver la presentación. El gran tamaño de la multitud lo pone nervioso, nunca había estado entre tanta gente.
El hombre que esta en el escenario parece mas viejo que el mago de la noche anterior, usa un mejor traje y sus movimientos son mas precisos, cada exhibición no solo es inusual, es cautivante. El aplauso es mas que educado. Y este mago no esconde pañuelos en sus puños de encaje, las aves aparecen de todos lados, no hay jaulas. Esas son proezas que solo ha visto en sus lecciones. Manipulaciones e ilusiones que ha sido expresamente instruido una y otra vez para mantener secretas. El chico aplaude también cuando Prospero el hechicero hace su reverencia final. Nuevamente su instructor se niega a responder cualquiera de sus preguntas hasta que regresan a Londres.
Una vez de regreso en su casa de campo en Londres, regresando a lo que parece una rutina que nunca se perturbó, el hombre de traje gris le pide al chico que le diga la diferencia entre ambas presentaciones.
-El primer hombre usaba artilugios mecánicos y espejos, hacia que la audiencia mirara diferentes lugares cuando no quería que vieran algo, para crear una falsa impresión. El segundo hombre, que se hace llamar como el duque de "La tempestad", fingía hacer cosas similares pero no usaba espejos o trucos, el hacia cosas de la forma en la que usted las hace.
-Muy bien.
-¿Conoce a aquel hombre?- dice el muchacho.
- He conocido a ese hombre desde hace mucho tiempo.- Su instructor dice.
-¿ También enseña esas cosas, del modo que usted me enseña?
Su instructor asiente pero no da detalles.
-¿Como es que la gente que no puede ver las diferencias? - el chico pregunta. Para el es claro, aunque no puede articular apropiadamente lo que sus ojos vieron.
- La gente ve lo que quiere ver y en muchos casos, lo se les dice que deben ver.
No discuten mas el tema.
Mientras hay mas no precisamente vacaciones, aunque son escasas , el niño no es llevado a ver ningún otro mago.
*
El hombre del traje gris toma un pañuelo de su bolsillo y lo suelta en la mesa donde aterriza con un golpe sordo. Algo mas pesado que la seda esta escondido en los pliegues, jala una esquina del pañuelo dejando caer el contenido, un solo anillo de oro. Esta ligeramente deslustrado y grabado con algo que el niño cree que podría ser latín, pero la escritura es floreada y ondulante y no puede entenderla.
- Hoy vamos a aprender sobre lazos.
Cuando alcanzan el punto en la lección que incluye la demostración practica el niño es instruido a poner el anillo en su propia mano, él nunca toca al muchacho a pesar de las circunstancias. El niño trata de ver el anillo en su dedo mientras se disuelve en su piel.
-Los lazos son permanentes mi niño.- Dice el hombre del traje gris.
-¿A que estoy atado? -Pregunta el niño viendo la cicatriz donde un momento antes estaba el anillo.
-A una obligación que ya tenias y a una persona que no conocerás por algún tiempo los detalles no son importantes en este momento, esto es un simple tecnicismo necesario.
El niño solo asiente y no hace mas preguntas, pero esa noche, cuando esta solo y no puede dormir, pasa horas mirando a su mano a la luz de la luna, preguntándose quién podrá ser la persona a la que esta atado.
*
A cientos de millas de distancia, en un teatro abarrotado que truena de aplausos por el hombre en el escenario, escondida en las sombras formadas entre las piezas de escenografía tras el escenario, Celia Bowen llora hecha un ovillo.
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Erin Morgestern. Traduccion Haide Ruiz.
domingo, 20 de octubre de 2013
Circo Nocturno Erin Morgenstern.
Tonos grises.
Enero 1874, Londres.
El edificio es tan gris como el pavimento abajo y el cielo arriba, pareciendo tan pasajero como las nubes, como si pudiera desaparecer en el aire sin ser notado. Indefinidas piedras grises que parecen indistinguibles de los edificios que lo rodean excepto por el deslustrado letrero colgando de la puerta. Incluso la directora esta vestida en un profundo color carbón. Aun así, el hombre del traje gris parece fuera de lugar.
El corte de su traje es demasiado severo, el pomo del bastón demasiado pulido bajo sus prístinos guantes.
Él da su nombre pero la directora lo olvida casi al instante y esta demasiado avergonzada para pedirle que lo repita. Mas tarde , cuando señala que hay que hacer el papeleo, su firma es completamente ilegible, en particular por tener semanas de haber sido archivada.
Él presenta un criterio inusual en lo que esta buscando. La directora esta confundida pero después de algunas preguntas y aclaraciones le lleva tres niños: dos niños y una niña. El hombre le pide entrevistarlos de forma privada y la directora accede de mala gana. Habla por un par de minutos con el primer niño antes de ser despedido, cuando pasa por el pasillo los otros dos niños lo miran en busca de una pista, de que esperar, pero solo sacude la cabeza.
El otro niño es llevado entonces a la habitación para hablar con el hombre del traje gris. Le es indicado que se siente en una silla frente al escritorio mientras el hombre esta ahí cerca. Este niño no se inquieta tanto como el primero; el se sienta quieto y pacientemente, sus ojos verde gris absorben cada detalle de la habitación y de el hombre sutilmente, atento pero no exactamente observando. Su obscuro cabello esta mal cortado, como si el peluquero hubiera estado distraído al cortarlo, per algún intento se ha hecho de acomodarlo; sus ropas andrajosas pero bien cuidadas, aunque sus pantalones son demasiado cortos y pudieron ser azules o cafés o verdes pero están tan desteñidos como para estar seguros.
-¿Hace cuanto estas aquí?- el hombre pregunta examinando en silencio la desaliñada apariencia del niño por unos momentos.
-Siempre.- Dice el niño.
- ¿Qué edad tienes?
-Cumpliré nueve en mayo.
-Pareces mas joven que eso.
- No estoy mintiendo.
-No pretendía sugerir que lo estabas haciendo.-El hombre del traje gris mira al niño sin decir nada por un rato. El niño lo mira.
-¿Asumo que puedes leer?
El niño asiente.
-Me gusta leer. Aquí no hay suficientes libros, ya los he leído todos.
- Bien.
Sin avisar el hombre de traje gris arroja su bastón al niño y el niño lo toma con una mano fácilmente sin parpadear, aunque sus ojos se estrechan en confusión mientras mira de el hombre al bastón y de regreso. El hombre asiente para si mismo y pide su bastón, sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiar las huellas del niño de su superficie.
- Muy bien,- dice el hombre- vendrás a estudiar conmigo. Te aseguro que tengo muchos libros grandiosos, haré los arreglos necesarios y entonces deberemos emprender nuestro camino.
-¿Tengo elección?
-¿Quieres permanecer aquí? -
El chico lo piensa por un momento.
-No.
-Muy bien.
-¿No quiere saber mi nombre?
-Los nombres no son tan importantes como a la gente le gusta suponer. - dice el hombre del traje gris.- Una etiqueta asignada para identificarte ya sea por esta institución o tus fallecidos padres, ninguno es de interés para mi. Si sientes en algún momento la necesidad de un nombre, puedes escoger uno por ti mismo, por ahora no será necesario.
El niño es enviado a empacar sus insignificantes pertenencias. El hombre del traje gris firma papeles y responde a las preguntas de la directora, que ella no entiende del todo pero no protesta a la transacción. Cuando el niño esta listo, el hombre del traje gris se lo lleva del edificio de piedra gris, y no regresa.
Enero 1874, Londres.
El edificio es tan gris como el pavimento abajo y el cielo arriba, pareciendo tan pasajero como las nubes, como si pudiera desaparecer en el aire sin ser notado. Indefinidas piedras grises que parecen indistinguibles de los edificios que lo rodean excepto por el deslustrado letrero colgando de la puerta. Incluso la directora esta vestida en un profundo color carbón. Aun así, el hombre del traje gris parece fuera de lugar.
El corte de su traje es demasiado severo, el pomo del bastón demasiado pulido bajo sus prístinos guantes.
Él da su nombre pero la directora lo olvida casi al instante y esta demasiado avergonzada para pedirle que lo repita. Mas tarde , cuando señala que hay que hacer el papeleo, su firma es completamente ilegible, en particular por tener semanas de haber sido archivada.
Él presenta un criterio inusual en lo que esta buscando. La directora esta confundida pero después de algunas preguntas y aclaraciones le lleva tres niños: dos niños y una niña. El hombre le pide entrevistarlos de forma privada y la directora accede de mala gana. Habla por un par de minutos con el primer niño antes de ser despedido, cuando pasa por el pasillo los otros dos niños lo miran en busca de una pista, de que esperar, pero solo sacude la cabeza.
El otro niño es llevado entonces a la habitación para hablar con el hombre del traje gris. Le es indicado que se siente en una silla frente al escritorio mientras el hombre esta ahí cerca. Este niño no se inquieta tanto como el primero; el se sienta quieto y pacientemente, sus ojos verde gris absorben cada detalle de la habitación y de el hombre sutilmente, atento pero no exactamente observando. Su obscuro cabello esta mal cortado, como si el peluquero hubiera estado distraído al cortarlo, per algún intento se ha hecho de acomodarlo; sus ropas andrajosas pero bien cuidadas, aunque sus pantalones son demasiado cortos y pudieron ser azules o cafés o verdes pero están tan desteñidos como para estar seguros.
-¿Hace cuanto estas aquí?- el hombre pregunta examinando en silencio la desaliñada apariencia del niño por unos momentos.
-Siempre.- Dice el niño.
- ¿Qué edad tienes?
-Cumpliré nueve en mayo.
-Pareces mas joven que eso.
- No estoy mintiendo.
-No pretendía sugerir que lo estabas haciendo.-El hombre del traje gris mira al niño sin decir nada por un rato. El niño lo mira.
-¿Asumo que puedes leer?
El niño asiente.
-Me gusta leer. Aquí no hay suficientes libros, ya los he leído todos.
- Bien.
Sin avisar el hombre de traje gris arroja su bastón al niño y el niño lo toma con una mano fácilmente sin parpadear, aunque sus ojos se estrechan en confusión mientras mira de el hombre al bastón y de regreso. El hombre asiente para si mismo y pide su bastón, sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiar las huellas del niño de su superficie.
- Muy bien,- dice el hombre- vendrás a estudiar conmigo. Te aseguro que tengo muchos libros grandiosos, haré los arreglos necesarios y entonces deberemos emprender nuestro camino.
-¿Tengo elección?
-¿Quieres permanecer aquí? -
El chico lo piensa por un momento.
-No.
-Muy bien.
-¿No quiere saber mi nombre?
-Los nombres no son tan importantes como a la gente le gusta suponer. - dice el hombre del traje gris.- Una etiqueta asignada para identificarte ya sea por esta institución o tus fallecidos padres, ninguno es de interés para mi. Si sientes en algún momento la necesidad de un nombre, puedes escoger uno por ti mismo, por ahora no será necesario.
El niño es enviado a empacar sus insignificantes pertenencias. El hombre del traje gris firma papeles y responde a las preguntas de la directora, que ella no entiende del todo pero no protesta a la transacción. Cuando el niño esta listo, el hombre del traje gris se lo lleva del edificio de piedra gris, y no regresa.
viernes, 18 de octubre de 2013
Circo Nocturno , Erin Morgenstern.
Una apuesta de caballeros
Octubre 1873, Londres
Esta noche es la actuación final de un muy limitado compromiso. Prospero el Hechicero, no ha agraciado los escenarios de Londres en algún tiempo y solo se ha agendado solo una semana de presentaciones, sin matiné .
Aunque extraordinariamente caros, los boletos se venden rápidamente y el teatro esta tan lleno que muchas mujeres mantienen sus abanicos a la mano para soplar sobre sus escotes, alejando así el intenso calor que permea el aire a pesar del frio otoñal que hay afuera.
En un punto de la velada cada uno de esos abanicos súbitamente se convierte en una pequeña ave, una parvada de ellos vuelan en círculos por el teatro con el rugir de los aplausos. Cuando cada ave regresa , caen abanicos limpiamente doblados en los regazos de sus respectivas dueñas, el aplauso crece, aunque algunos están demasiado asombrados para aplaudir, convertidos los abanicos de plumas y encaje en sus manos ya no les importa mas el calor.
El hombre de traje gris del palco de la izquierda no aplaude, no por esto, no por ni uno solo de los trucos a lo largo de la velada. Mira al hombre en el escenario con mirada fija y escudriñando todo lo que dura la actuación. Ni una vez levanta la enguantadas manos para aplaudir, no mueve si quiera una ceja a las hazañas que provocan aplausos o jadeos o el eventual estremecimiento de sorpresa del resto de la cautiva audiencia..
Después de que la presentación ha terminado , el hombre de traje gris navega calmadamente la multitud de espectadores en el lobby del teatro. Se desliza pro una puerta cubierta por una cortina que lo lleva a los camerinos tras el escenario sin ser visto. Utileros y vestuaristas no le dan ni una mirada siquiera. Toca en la puerta al final de pasillo con la plateada punta de su bastón. La puerta se abre por si misma revelando un desordenado vestidor rodeado de espejos dando cada uno un reflejo diferente de Prospero. Su saco de cola ha sido dejada perezosamente en una silla de terciopelo y su chaleco cuelga desabotonado sobre su camisa de filos de encaje. El sombrero alto tan distintivo en la actuación yace en un perchero cercano.
El hombre parece mas joven en el escenario, su edad enterrada entre las luces y capas de maquillaje. El rostro en el espejo esta arrugado , el cabello significativamente canoso pero hay algo juvenil en el gesto que se forma al ver al hombre que esta en el umbral.
-"Lo odiaste, ¿verdad?"- le pregunta sin voltear del espejo, dirigiéndose al fantasmal reflejo gris. Se sacude un espeso residuo de polvo de la cara con un pañuelo que alguna vez fuera blanco.
-"También es u placer verte Héctor"-dice el hombre del traje negro cerrando la puerta tras de si silenciosamente.
-"Te desagrado cada minuto, lo se"-Héctor Bowen dice riendo. -"Te estaba mirando, no trates de negarlo"- Se voltea y extiende una mano que el hombre del traje gris no acepta. En respuesta Héctor sacude y mueve los dedos dramáticamente en dirección al muro opuesto. La silla de terciopelo se desliza a una esquina llena de cofres y bufandas mientras el saco de cola flota alejándose de ahí como una sombra colgándose solo obedientemente en el armario.
-"Sientate por favor" - dice Héctor - " Me temo que no es tan cómoda como las de afuera ".
-"No puedo decir que apruebo esa clase de exhibiciones"- el hombre del traje gris dice mientras se quita los guantes y sacude la silla con ellos antes de sentarse. -"Pasar manipulaciones como trucos e ilusión, cobrar la admisión".
Héctor avienta el pañuelo cubierto de polvo en una mesa llena de brochas y latas de maquillaje.
- "Ni una sola persona en la audiencia cree ni por un segundo que lo que yo hago es real."- dice , señalando en general al escenario. -"Es la belleza de esto.¿ Haz visto los artilugios que esos magos crean para lograr la mas mundana hazaña? Son un montón de peces cubiertos de plumas tratando de convencer al publico de que pueden volar y yo simplemente soy un ave entre ellos. La audiencia no pude decir la diferencia mas allá de saber que soy mejor en ello."
-"Eso no la hace una empresa menos frívola".
- "Esa gente se forma para ser intrigada,"- dice Héctor.- "Yo puedo intrigarlos mas fácilmente que muchos; parece una desperdicio dejar pasar la oportunidad. Paga mejor de lo que podrías pensar, también. ¿Te ofrezco algo de beber? Hay botellas escondidas por aquí en algún lugar, aunque no estoy seguro de tener vasos."- Trata de buscar entre los contenidos de la mesa, empujando al lado pilas de periódicos y jaulas sin aves.
-"No, gracias."- dice el hombre del traje gris , moviéndose en su silla y descansando las manos en su bastón. -" Encuentro curiosa tu actuación y la reacción de tu audiencia era de algún modo perpleja. Te faltó precisión."
-"No puede ser demasiado buena si quiero que crean que soy tan falso como el resto de ellos "- dice Héctor con una risa.-"Te agradezco por venir y sufrir durante mi show; estoy sorpendido de que aparecieras, empezaba a perder las esperanzas, he tenido reservado ese palco toda la semana."
-" No rechazo invitaciones con frecuencia; tu carta decía que tenias una proposición para mi."
-"¡La tengo ciertamente!" -dice Héctor, golpeando sus manos en un solo aplauso- "estaba deseando que estuvieras dispuesto para un juego. Ha sido demasiado tiempo desde que jugamos; aunque primero, debo presentarte a mi nuevo proyecto"
- "Creía que había renunciado a la enseñanza"
-"Tenia que, pero esta era una oportunidad singular a la que no pude resistirme".- Héctor camina por una puerta parcialmente escondida por un espejo -"Celia, querida".- llama a la habitación contigua antes de regresar a su silla.
Un momento después aparece un aniña en el umbral, vestida demasiado bien para el caótico desorden que la rodean. Toda listones y encajes, perfecta como una muñeca recién comprada a excepción de algunos rizos marrones que escapan rebeldes de sus trenzas.. Ella duda, oscilando en el umbral cuando ve que su padre no esta solo.
-"Esta bien querida, adelante, adelante." -dice Héctor llamándola adelante con un movimiento de la mano.-"Este es un socio mío, no seas tímida".
Da unos cuantos pasos delante y ejecuta una perfecta reverencia , el filo de listones de su vestido rozando el suelo.
-"Esta es mi hija, Celia,"- dice Héctor al hombre del traje gris, posando su mano en la cabeza de la niña.-"Celia , éste es Alexander."
- "Encantada de conocerlo"- dice ella, su voz es apenas un susurro, mas grabe de lo esperado para una niña de su tamaño. El hombre de gris le da un educado saludo con la cabeza.
-"Me gustaría que le enseñaras al caballero lo que puedes hacer " dice Héctor y saca un reloj de plata de su bolsillo con una larga cadena que esta en su chaleco y lo coloca en la mesa -"adelante". Los ojos de la niña se abren de par en par.¡
-"!Dijiste que no podía hacerlo frente a nadie, me hiciste prometerlo!"
-"Este caballero no es cualquiera"- responde Héctor riendo.
-"Dijiste que sin excepciones" -protesta Celia.
La sonrisa de su padre se borra, toma a la niña de los hombros mirándola fijamente a los ojos.
-"Este es un caso muy especial, por favor muéstrale a este hombre lo que haces, justo como en las lecciones"- la empuja hacia la mesa donde esta el reloj. La niña asiente seriamente y cambia su atención al reloj, sus manos entrelazadas en su espalda. Después de un momento el reloj empieza a girar lentamente, haciendo círculos en la superficie de la mesa formando un espiral con la cadena. Entonces el reloj se eleva de la mesa , flotando en el aire y oscilando como si estuviera dentro del agua. Héctor mira al hombre de gris esperando una reacción.
-"Impresionante"- murmura. -" pero muy básico".
Celia frunce el seño sobre sus ojos cafés y el reloj estalla , escupiendo tornillos en el aire.
-"Celia".-Dice su padre.
Ella se sonroja con la brusquedad de su tono y murmura una disculpa. Las piezas flotan de regreso al reloj acomodándose en su lugar hasta que el reloj esta completo otra vez, las manecillas marcan los segundos como si nada hubiera pasado.
- "Ahora, eso es mas impresionante"-admite el hombre del traje gris. -"Pero ella tiene carácter."
-"Es joven"- dice Héctor, dando palmaditas a la cabeza de la niña ignorando su ceño fruncido.-" Esto es con menos de un año de estudio, para cuando haya crecido será incomparable."
-"Podría tomar a cualquier chico de la calle y enseñarle lo mismo. Incomparable es algo que tu personal opinión y fácilmente refutable."
-"¡Ha!"- exclama Héctor-, "entonces estas dispuesto a jugar."- El hombre de traje gris duda un segundo antes de asentir con la cabeza
-"Algo un poco mas complejo que la ultima vez, y si, podría estar interesado"- dice-" posiblemente."
-"¡Por supuesto que será mas complejo! Tengo un talento natural para jugar, no apuesto eso por nada simple."
-"Talento natural, es un fenómeno cuestionable, inclinación, quizá, pero habilidad innata es extremadamente rara."
-" Es mi propia hija, por supuesto que tiene habilidad innata."
- " Tu admites que ha tomado lecciones" -replica el hombre del traje gris.-"¿Como puedes estar tan seguro?"
-"Celia, ¿Cuándo empezaste tus lecciones?- Le pregunta Héctor sin voltear a verla.
-"Marzo"- dice ella.
-"¿De que año, querida?" - Añade Héctor.
-"De este año."- dice, como si esta fuera una pregunta particularmente estúpida.
-"Ocho meses de lecciones"- aclara Héctor- " Con apenas seis años de edad si recuerdo correctamente, a veces inicias a tus estudiantes un poco mas jóvenes que eso. Celia es claramente mas avanzada de lo que estaría si no tuviera una habilidad natural. Ella pudo hacer levitar ese reloj desde el primer intento."
El hombre de traje gris regresa su atención a Celia. -"Rompiste eso por accidente, ¿cierto?"-pregunta señalando con un gesto de la cabeza al reloj en la mesa. Celia frunce el seño y asiente muy levemente. "Tiene un control sobresaliente para alguien tan joven"- le remarca a Héctor.- "Pero un carácter como ese es siempre una infortunada variante; puede llevar a un comportamiento impulsivo".
-"Lo superara o aprenderá a controlarlo, es un problema menor."
El hombre de traje gris mantiene la mirada en la niña, pero se dirige a Héctor mientras habla. A los oídos de Celia el sonido no se traduce más en palabras, y se incomoda cuando lo mismo pasa a las borrosas palabras de su padre.
-"¿Apuestas a tu propia hija?"
-"No perderá, sugiero que encuentres un estudiante que tolere las separaciones, si es que o tienes ya uno que te sobre".
-"¿Asumo que su madre no tiene opinión en el asunto?"
-"Asumes correctamente."
El hombre de traje gris estudia a la niña por algún tiempo antes de hablar otra vez, y aun, ella no entiende las palabras.
-"Entiendo tu confianza en sus habilidades, aunque te pediría que por lo menos consideraras la posibilidad de perderla si la competencia no juega a su favor. Encontraré a un jugador para retarla verdaderamente. De otra forma no hay razón para que acceda a participar. Su victoria no puede ser garantizada."
-"Es un riesgo que estoy dispuesto a tomar"-dice Héctor si mirar a su hija.-"Si te parece hacerlo oficial desde este momento, adelante."- El hombre de gris mira otra vez a Celia y cuando habla , ella entiende otra vez.
-"Muy bien"-dice asintiendo con la cabeza.
-"Hizo que no pudiera escuchar bien".- Susurra Celia cuando su padre voltea a verla.
-"Lo se querida, y no fue muy educado"- dice Héctor guiándola mas cerca de la silla donde el hombre la estudia con sus ojos que son de un gris casi tan claro como el de su traje.
-"¿Siempre haz sido capaz de hacer esas cosas?"- le pregunta mirando otra vez al reloj.
Ella afirma con la cabeza.
-"Mi... mamá decía que yo era el hijo del diablo"- dice muy bajito.
El hombre del traje gris se inclina al frente y le susurra algo al oído, muy bajo para que su papá no pueda oírlo. Una pequeña sonrisa ilumina su rostro. -"Extiende la mano."- le dice, mientras se recarga en el respaldo de la silla. Celia inmediatamente extiende la mano con la palma hacia arriba, sin saber que esperar; pero el hombre de gris no pone nada en su palma extendida. En su lugar, voltea su mano y se quita un anillo de plata de su dedo meñique, lo desliza en el dedo de la niña aunque es muy grande para sus delgados dedos, mantiene la otra mano en la muñeca de ella.
Ella abre la boca al mirar el obvio hecho de que el aniño, que es tan bonito, no le queda, entonces se da cuenta de que el anillo empieza a encogerse en su mano. La momentánea alegría del ajuste es aplastada por el dolor que le sigue mientras el anillo continua encogiéndose en su dedo, el metal quema en su piel. Ella trata de quitárselo pero el hombre del traje negro mantiene firmemente su mano al rededor de su muñeca. El anillo se desvanece dejando solo una brillante cicatriz roja al rededor del dedo de Celia. El hombre del traje gris suelta su muñeca y da un pazo a tras, y ella se retira a una esquina mirando su mano.
-"Buena niña" - dice su padre."
-"Tomará algún tiempo preparar un jugador para mi."
-"Por supuesto, tomate todo el tiempo que necesites".- dice Héctor y toma una anillo dorado de su propia mano y la pone en la mesa.-"Para cuando encuentres el tuyo".
-"¿No prefieres hacerlo tu mismo?"
-"Confío en ti."
El hombre del traje gris asiente y saca un pañuelo de su abrigo tomando el anillo sin tocarlo y guardándolo en su bolsillo.
-"Espero que no estés haciendo esto porque mi competidor gano nuestro ultimo reto."
-"Por supuesto que no, estoy haciendo esto porque tengo un jugador que puede ganarle a cualquiera que tu elijas y porque los tiempos han cambiado lo suficiente para hacerlo interesante. A de mas , me parece que después de todo el record se inclina a mi favor."
El hombre de gris no contradice su punto y solo mira a Celia con la misma mirada estudiándola. Ella intenta salir de su línea de visión pero la habitación es muy pequeña.
-"¿Supongo que ya tienes un lugar en mente ?"
-"No precisamente"- dice Héctor- "Pensé que quizá seria mas divertido dejar algunas cosas flexibles en lo que se refiere al lugar, como elemento sorpresa, si tu quieres. Estoy familiarizado con un productor teatral aquí en Londres quien podría estar buscando algo inusual. Podría soltar unas cuantas pistas cuando el momento llegue, estoy seguro que se le ocurrirá algo apropiado. Es mejor dejarlo en territorio neutral, pero tu podrías apreciar las cosas desde tu lado del estanque."
-"¿Cual es el nombre del caballero?"
-"Lefèvre. Chndresh Chirstophe Lefèvre. Dicen que es el hijo ilegitimo de un príncipe indio o algo así. Su madre era alguna bailarina tramposa . Tengo su lugar aquí en algún lado de este desastre. Te va a agradar, es de un pensamiento muy avanzado, rico, excéntrico, un poco obsesivo, un tanto impredecible, pero supongo que eso es parte del paquete de tener un temperamento artístico"- El paquete de papeles del escritorio cercano se mueve y se revuelve hasta que una tarjeta de presentación sale a la superficie y navega por la habitación. Héctor la toma en sus manos y la lee antes de ofrecérsela al hombre del traje gris.- "Da fiestas maravillosas."
El hombre del traje gris la pone en su bolsillo sin siquiera mirarla. -"No he escuchado de él" dice - " y no estoy muy apegado a las apariciones en publico de tales maneras, lo tomare en consideración."
-"¡Tonterías, tener publico es la mitad de la diversión! pone tantas restricciones, tantos parámetros desafiantes para trabajar."- El hombre del traje gris considera un momento esto y acepta moviendo la cabeza.
-"¿Tenemos alguna clausula de revelación? Seria justo tomando en cuenta mi entusiasmo por tu elección de jugador.
-"No dejemos más clausulas que las básicas de interferencia y veamos que pasa" sugiere Héctor- "Quiero forzar los limites con esta, tampoco hay limite de tiempo, incluso te daré el primer movimiento."
-"Muy bien, tenemos un acuerdo, estaré en contacto."- el hombre del traje gris se levanta sacudiendo polvo invisible de su manga. -"Fue un placer conocerla , señorita Celia."
Celia le hace otra perfecta reverencia mirándolo todo el tiempo con ojos preocupados. El hombre del traje gris saluda a Prospero con el sombrero y sale por la puerta y luego fuera del teatro moviéndose como una sombra en la ajetreada calle.
*
En su camerino, Héctor Bowen se rie para si mismo mientras su hija permanece quieta en una esquina mirando la cicatriz en su mano. El dolor se borra tan rápido como el anillo mismo, pero la marca roja permanece. Héctor toma el reloj de bolsillo de la mesa comparando la hora con el reloj del muro. Haciendo girar el reloj lentamente mirando fijamente las manecillas mientras se mueven en la caratula.
-"Celia"-, dice mirando a la niña- ¿Por que giramos nuestro reloj?"
-"Porque todo requiere energía"- recita obedientemente con los ojos todavía fijos en su mano.-" Debemos poner esfuerzo y energía en todo lo que deseamos cambiar."
- "Muy bien"- sacude gentilmente el reloj y lo guarda en su bolsillo.
-"¿Por que llamaste a ese hombre Alexander?- le pregunta Celia.
-" Esa es una pregunta tonta."
-"No es su nombre."
-"¿Como, como podrías saber tu eso?- le pregunta Héctor a su hija levantándole la barbilla para ponderar la mirada de sus obscuros ojos con los suyos propios. Celia lo mira, sin saber como explicarse. Ella proyecta en su mente la imagen del hombre en su traje gris, con sus ojos pálidos y sus rasgos severos tratando de descubrir por que el nombre no le queda apropiadamente.
-"No es su verdadero nombre, no es el que ha llevado siempre, es uno que lleva como un sombrero para quitárselo cuando quiera; como es Prospero para ti."
-"Eres mas lista de lo que podría esperar" - le dice Héctor sin molestarse en negar o afirmar sus suposiciones de la nomenclatura de su colega. Toma el sombrero del perchero y se lo pone en la cabeza de donde se desliza obscureciendo los inquisitivos ojos en una jaula de seda negra.
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