viernes, 25 de octubre de 2013

Le Bateleur Mayo- Junio 1884, Londres.


         Justo antes de que el muchacho cumpla diez y nueve , el hombre del traje gris lo lleva de su casa de campo  sin aviso a un  modesto piso con vista al Museo Británico. Al principio el asume que es algo temporal, últimamente han habido  viajes de semanas o incluso meses a Francia, Alemania y Grecia, llenos de mas estudios que vistas de paisajes, pero esta no es una de esas, no precisamente vacaciones, en lujosos hoteles.

          Es un piso modesto con los muebles básicos, tan similar a sus habitaciones anteriores que encuentra difícil sentir algo remotamente parecido a nostalgia por su antiguo hogar, excepto por la biblioteca, aunque aun posee una impresionante cantidad de libros.

         Hay un armario repleto de bien cortados aunque nada sobresalientes, trajes negros;  blancas camisas recién planchadas y  una hilera de bombines a la medida. Solo se pregunta cuándo empezara su ya referido desafío empezara. El hombre del traje gris no lo dice,  aunque la acción marca el fin formal de sus lecciones. Entonces continua sus estudios de manera independiente. Guarda cuadernos llenos de símbolos y grifos, trabajando en notas viejas y encontrando nuevos elementos a considerar. Lleva volúmenes similares de menor tamaño con el a todo momento, transcribiéndolos luego en los mas grandes cuando se llenan.


         Inicia cada cuaderno de la misma manera, con un detallado dibujo de un árbol grabado con tinta negra desde la cubierta frontal; desde ahí , las ramas negras se alargan en las páginas subsecuentes uniendo líneas que forman letras y símbolos, cada hoja casi completa mente cubierta de tinta. Todo, las runas, las letras, los grifos torciéndose juntos y atados al árbol del principio.

          Hay un bosque de tales árboles cuidadosamente archivados en sus repisas.

         Practica las cosas que le han sido enseñadas, aunque es difícil medir la efectividad de sus ilusiones por si mismo. Pasa mucho de su tiempo observando reflejos en los espejos.  Sin  horarios y sin estar encerrado bajo llave, da largos paseos por la ciudad. El inmenso volumen de gente es perturbadora pero la alegría de dejar su departamento cada vez que lo desea se sobre pone al temor de tropezar accidentalmente con algún transeúnte al cruzar las calles.

         Se sienta en parques y cafés observando a la gente cuando no lo ven, disolviéndose entre multitud de jóvenes en trajes intercambiables  y bombines. Una tarde regresa a su vieja casa de campo, pensando que quizá  no seria una molestia visitar a su instructor por algo tan simple como el té, pero la casa esta abandonada y las ventanas cubiertas con tablas. De regreso a su departamento mete una mano a su bolsillo y se da cuenta de que no esta su libreta.

         Maldice en voz alta captando la atención de  una mujer que se aparta a un lado cuando el se detiene en la poblada acera.  Vuelve sobre sus pasos cada vez mas ansioso a cada vuelta. Una ligera lluvia empieza a caer, a penas una brisa ligera pero varios paraguas se abren entre la multitud. Jala un extremo de su bombín para cubrir sus ojos buscando en el pavimento mojado por alguna señal de su libreta.

        Se detiene en una esquina bajo el toldo de un café, mira las lámparas parpadear a lo largo de la calle, preguntándose si deberá esperar a que la multitud se disperse o la lluvia aumente; entonces se da cuenta  de que hay una chica a unos pasos de el  resguardándose también bajo el toldo y esta viendo las paginas de una libreta que esta seguro que es la suya.

         Ella tiene quizá unos diez y ocho , quizá un poco mas joven, sus ojos son claros y su cabello es de un color indeterminado que no parece ser ni rubio ni castaño; lleva un vestido que pudo estar de moda hace dos años y esta empapado por la lluvia.

          El se acerca, pero ella no parece notarlo, se queda completamente absorta en la libreta, incluso se ha quitado uno de sus guantes para poder pasar mejor las delicadas hojas. Ahora puede ver que de verdad es su libreta, su diario , abierto en una página con una tarjeta pegada en ella, con criaturas aladas arrastrándose en una rueca  dibujadas en ella, Su escritura cubre la carta y los espacios al rededor de ella incorporándose en el cuerpo del texto.

          Mira su expresión mientras pasa las paginas, una mezcla de confusión y curiosidad.

         - Me parece que tiene mi libro.- dice después de un momento. La muchacha brinca sorprendida y casi tira la libreta pero logra sujetarla, aunque en el proceso su guante cae al pavimento.  El se agacha para recogerlo y enderezándose se lo ofrece, ella parece estar sorprendida de que le este sonriendo.

            - Lo lamento.- Dice ella aceptando el guante y devolviendo rápidamente  el diario. - Lo tiró en el parque y estaba tratando de regresarlo pero lo perdí de vista y entonces... lo siento. - se detiene nerviosa.

            - Esta bien. - Le dice, aliviado al tener de nuevo su posesión.- Temía haberlo perdido para siempre, lo que hubiera sido un infortunio, le debo mi mas profunda gratitud, señorita...

             - Martin.-  Contesta y suena a mentira.- Isobel Martin. - Una mirada inquisitiva le sucede, esperando por su propio nombre.

              -Marco. - Responde.- Marco Alisdair.- El nombre le sabe raro, las oportunidades de decirlo en voz alta han sido muy escasas. Ha escrito esta variante de su nombre combinado con una forma del alias de su instructor tantas veces que parece suyo, pero el darle sonido al símbolo es algo completamente diferente.  La tranquilidad con la que Isobel lo acepta lo hace sentir mas real.


              - Encantada de conocerlo señor Alisdair.


              El debería agradecerle e irse, es lo mas sensato, pero no esta muy inclinado a regresar a su solitario departamento.

             -¿ Me permitiría invitarle un trago como muestra mi gratitud, señorita Martin?- pregunta guardándose la libreta en el bolsillo.

               Isobel duda, sabiendo que no debe aceptar tragos de desconocidos que se encuentra en calles oscuras, pero para su sorpresa , acepta.

             - Muy bien, pero hay mejores cafés que este en particular,- señala con un gesto  hacia la ventana junto a ellos-  a una distancia razonable, si no le molesta  una caminata mojada, me temo que no traigo conmigo un paraguas.

             - No me molesta.- Dice Isobel y Marco le ofrece el brazo, que ella toma y caminan la calle en una suave lluvia.

              Solo caminan una calle o dos y luego por un callejón bastante estrecho, Marco puede sentir como se ella se tensa en la oscuridad  pero luego se relaja cuando se detienen en una bien iluminada puerta junto a una ventana con manchas. El detiene la puerta mientras ella entra al café, uno que rápidamente se convirtió en su favorito en los últimos meses, uno de los pocos lugares en Londres donde realmente se siente tranquilo.


                 Velas parpadean en candiles de cristal en cada superficie disponible y en las paredes pintadas de un rojo intenso y atrevido. Hay solo un par de clientes regados en el intimo espacio con  bastantes  mesas vacías . Se sientan en una pequeña mesa cerca de la ventana, Marco  llama a la mujer de tras del bar quien les trae dos vasos de Bordeaux, dejando la botella junto a un pequeño florero que tiene una rosa amarilla.

                 Mientras la lluvia cae suavemente en las ventanas, ellos conversan amablemente sobre cosas sin importancia, Marco revela pocas cosas sobre el e Isobel responde de la misma manera. Cuando él le pregunta si tiene hambre ella da una  educada no respuesta que revela que esta muy hambrienta, el llama la atención de la mujer del bar y regresa unos minutos con una bandeja llena de queso, fruta y unas rebanadas de baguette.

                -¿Como encontró un lugar como este?

                -Prueba y error y una gran cantidad de vasos de vinos terribles.- Isobel ríe.

                - Lo siento , aunque por lo menos funciono bien al final. Este lugar es adorable, es como un oasis.

                - Un oasis con muy buen vino.- Marco concuerda chocando su vaso con el de ella.

               
                -Me recuerda a Francia.
           
                 - ¿Eres de Francia?- Marco pregunta.

                 - No , pero viví ahí por un tiempo.


                 - Yo también, aunque fue hace algún tiempo; y tienes razón, este lugar es muy francés, creo que es parte de su encanto, hay tantos lugares aquí que no se molestan en  ser algo.

                - Eres encantador. - le dice Isobel  y de inmediato se sonroja, se ve como si quisiera volver a meter esas palabras en su boca.

               - Gracias.- Responde marco sin saber que otra cosa decir.

               -Lo siento.-  contesta Isobel claramente agitada- No  pretendía... - comienza pero quizá envalentonada por el vino continua.- Hay encantos en tu libro- dice mirándolo para ver su reacción pero él no dice nada y ella desvía la mirada- talismanes, símbolos... no se que significan todos ellos pero con encantamientos, ¿verdad? - toma un trago nerviosa sin atreverse a mirarlo.

               Marco escoge sus palabras cuidadosamente, preocupado del rumbo que la conversación esta tomando.

              - ¿Y que sabe  una joven dama que una vez vivió en Francia, de talismanes y encantamientos?

              -Solo algunas cosas que he leído en libros, no recuerdo que significan todos ellos, solo conozco los símbolos astrológicos, algunos de alquimia y tampoco los muy bien. - se detiene, no sabe si continuar o no, entonces añade- La Rue de Fortune, la rueda de la fortuna, la carta de tu libreta, conozco esa carta, tengo una baraja.

             En un principio, Marco había determinado que ella era algo mas que medianamente interesante y bastante bonita, pero esta revelación es algo más. Se inclina sobre la mesa mirándola con un interés considerablemente mayor que momentos antes.

            -¿Dice usted que lee el tarot ,señorita Martin?- ella asiente.

            -Por lo menos intento, solo para mi misma, aunque supongo que no es leer realmente, es... es solo algo que elegí  hace algunos años.

           -¿Tiene sus cartas con usted?- con un gesto Isobel asiente.-Me gustaría mucho verlo si no le importa.- añade cuando no ve que haga algún movimiento para sacarlo de su bolsa. Isobel mira a los demás comensales en el café, Marco da un gesto desacreditándolos. - No se preocupe por ellos, toma mas de una baraja para asustarlos. Pero si prefiere no hacerlo, lo entiendo.

           -No, no, no me molesta.- Dice Isobel tomando su bolso y cuidadosamente sacando una baraja envuelta en un trozo de seda negra, las desenvuelve y las coloca en la mesa.

          -¿Puedo? Marco pregunta alargando un brazo para tomarlas.

         - Por supuesto. Isobel responde sorprendida.

         -A algunos lectores no les gusta que otra gente toque sus cartas. - Explica marco, recordando detalles de sus  clases de adivinación mientras levanta suavemente las cartas. - Y no me gustaría ser impertinente. - voltea la carta de enzima , Le Bateleur,  el mago, Marco no puede evitar sonreír a la carta antes de regresarla.
      
       -¿Las lees?

      - ¡Oh, no!, estoy familiarizado con las cartas pero no me hablan, no en formas apropiadas para leerlas.- Mira de las cartas a Isobel, sin saber que hacer con ella.-¿ A ti te hablan, verdad?


      - No lo había pensado de esa manera , pero supongo que así es .- Ella dice bajito, mirándolo pasar las cartas, las trata con la misma delicadeza que a su diario,  sosteniéndolas cuidadosamente de las orillas, cuando las ha visto todas, las deja nuevamente en la mesa.

     - Son muy viejas, mucho mas viejas que tú, me aventuro a adivinar. ¿Puedo preguntar como es que llegaron a tus manos?

     - Las encontré en un joyero en una tienda de antigüedades en Paris varios años a tras, la mujer ahi.no quería vendérmelas, solo me dijo que me las llevara,  que las sacara de su tienda, cartas del diablo  las llamó, cartes du diable.


     -La gente es muy ingenua en esas cosas.- Marco dice, una frase  repetida a menudo por su instructor, usada como amonestación y advertencia.- Y  prefieren llamarlas demoniacas en un intento de entenderlas, una desafortunada verdad, pero verdad al fin.

     - ¿Para que es tu libreta?- Isobel pregunta- No  pretendo husmear, es que lo encuentro interesante, espero me perdones por haberlo visto.

    -Bueno,ahora que estamos en ese tema y me has dejado ver tus  cartas... pero  me temo que es bastante complejo y no la cosa más fácil de explicar o creer.

       -Puedo creer una gran cantidad de cosas. -Isobel dice. Marco no dice nada pero la mira atentamente como miró sus cartas. Isobel contiene el aliento y no aparta la mirada.


         Es muy tentador haber encontrado alguien quien podria empezar a entender el  mundo en el que ha vivido casi toda su vida, sabe que debería dejarla ir, pero no puede.

         -Podría enseñarle, si usted quiere.

         -Eso me gustaria.


      Terminan su vino y Marco paga la cuenta a la mujer del bar, se coloca el sombrero y toma a Isobel del brazo dejando el calor del café, caminando otra vez bajo la lluvia. Marco se detiene abruptamente a la mitad de la siguiente calle justo afuera de la reja de un patio, esta a tras de la calle, una alcoba formada por muros de piedras grises.

       -Esto esta bien. - El dice y guia  a Isobel del pavimento a  un espacio entre el muro y la reja, poniendo su espalda contra la piedra mojada y fría y se sitúa justo frente a ella, tan cerca que ella puede ver  cada gota de lluvia  en la orilla de su bombín.

        -¿ Esta bien para que?- Le pregunta ,  aprensión subiendo a su voz.  La lluvia sigue cayendo al rededor de ellos y no hay a donde ir. Marco simplemente levanta una mano enguantada para callarla, concertándose en la lluvia y el muro a sus espaldas. El nunca ha intentado este truco en particular con nadie y no sabe si será capaz de lograrlo.

         -¿Confía usted en  mi señorita   Martin?- Le pregunta con la misma intensa mirada de el café, solo que esta vez esta a penas unos centímetros de la suya.

        -Si.- dice sin titubear.

       - Bien.- Dice Marco y con un fluido movimiento levanta la mano  y  la pone firmemente  sobre los ojos de Isobel.



                                                                       *

       Sobresaltada, Isobel se congela. Su visión es oscurecida completamente, no puede ver nada, solo siente el cuero mojado en su piel. Se estremece  y no sabe si es por la lluvia o el frio. Una voz cerca de su oído  susurra palabras que tiene que esforzarse  para escuchar pero que no entiende. Entonces ya no escucha  la lluvia, y  el muro de piedra a su espalda se siente rugoso cuando antes se sentía  liso. De algún modo la oscuridad se siente mas iluminada , entonces Marco aparta su mano.


         Parpadeando mientras sus ojos se ajustan a la luz, Isobel primero ve a Marco frente a ella, pero algo es diferente; ya no hay gotas en las orillas de su sombrero, no hay gotas de lluvia en absoluto,  en cambio, hay luz solar  dándole un ligero brillo, pero eso no es lo que hace a Isobel  contener el aliento. Lo que lo provoca, es de hecho,  de que están parados en un bosque, su espalda esta presionada contra un enorme y viejo tronco de un árbol. Los árboles están desnudos y ennegrecidos, sus ramas se estiran en la inmensidad azul del cielo; el suelo esta cubierto de nieve ligera como polvo centelleando bajo la luz del sol. Es un perfecto día de invierno y no hay edificios a la vista por kilómetros, solo una extensión de nieve y madera. Un ave canta en un árbol cercano y otro a la distancia le responde.


        Isobel esta desconcertada, eso es real, lo puede sentir en el sol en su piel y la corteza del árbol en sus dedos, el frio de la nieve es palpable,  entonces se da cuenta de que su vestido ya no esta mojado por la lluvia. Incluso el aire que entra en sus pulmones  es inequívocamente fresco aire de campo, sin rastros del esmog londinense, no puede ser, pero es real.

       -Esto es imposible.- dice ella volteando a ver a Marco, el sonríe, sus brillantes ojos verdes deslumbrados por el sol invernal.

        -Nada es imposible.- dice el. Isobel ríe, una riza aguda y  deleitosa como la de un niño.

        Un millón de preguntas pasan por su mente y ella no podía articular ninguna. Entonces la imagen de una carta se forma claramente en su mente , Le Bateleur. -Eres un mago. Dice ella.


        - No creo que nadie me haya llamado así antes.- Marco responde. Isobel ríe de nuevo y sigue riendo cuando el se acerca a un mas y la besa.


          Un  par de aves circulan sobre ellos como un suave viento entre las ramas de los arboles que los rodean.


         Para los  transeúntes  de las oscuras calles de Londres, ellos no parecen nada fuera de lo ordinario, solo un par de enamorados besándose bajo la lluvia.




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